Asalto a Southshore (Parte IV)

Asalto a Southshore (Parte IV)

Abril 21, 2010 en Fantasía, World Of Wacraft

Siento haber tardado en subir esta última parte, pero la tenía en la libreta y me faltaba pasarla a limpio e echarle un vistazo para corregir los fallitos que viese por encima.

Esta es la última parte del “Asalto a Southshore”. Me ha quedado un pelín más largo de lo que pensaba, y aun así creo que me quedan algunas cosas en el tintero, pero intentaré editarla si algún día me decido a retocarla.

Espero que os guste :) ¡Un abrazo!

Sir Velerhis, Almirante del “Furia del Sol”, observó horrorizado la destrucción que causó la invasión de la implacable Horda a su paso por el pequeño poblado de Southshore.
Su navío, y la flota a la que acompañaba, habían desembarcado hacía unas horas, después de haber hundido algún que otro barco enemigo, mientras el grueso de la flota continuaba su avance. El peso de la culpa por haber llegado tarde y no haber sido suficientes para detener a la poderosa fuerza de guerra enemiga, aprisionaba el corazón del alto elfo como si un puño de acero lo agarrase con una fuerza brutal.
Sus hombres, y él mismo, habían ayudado a poner a salvo a las gentes y a extinguir los fuegos, pero todos sus esfuerzos parecían insuficientes. Las familias, destrozadas, se apiñaban junto al muelle, llorando con rostros desencajados de dolor. Los más afortunados tan solo habían perdido su ganado o sus hogares, lo cual equivalía a perder los esfuerzos y logros de toda una vida. Otros muchos habían perdido a sus seres queridos. Sin embargo, había alguien que lo había conmovido y afectado sobremanera.
Muchos siglos al mando de un navío de guerra, y varias décadas antes como forestal de las tierras de Silvermoon, habían hecho de Velerhis un elfo fuerte, ágil y acostumbrado a la guerra. No era la primera vez que veía un asalto de aquel calibre, y, de hecho, había presenciado auténticas masacres muchísimo peores. “Habéis sido muy afortunados, aunque no lo sepáis…” pensaba cuando observaba a los refugiados, pero hubo uno que le llego al corazón y consiguió que se compadeciese de el.

En una casa a las afueras, sobre un pequeño acantilado junto al mar, encontraron el cadáver de una mujer, y no muy lejos, el de su marido, el jefe de la guardia del pueblo. Tendido mirando hacia la pequeña granja, con dos cadáveres trols a su lado. Sin duda había conseguido vender cara su vida.
La lluvia comenzó a caer con fuerza. Ambos cadáveres estaban ya envueltos en mantas y listos para ser transportados al cementerio, cuando el llanto de un niño rompió el silencio. Rápidos como el viento, entraron en la casa abandonada, donde pudieron escucharlo con claridad.
Las gotas de agua se filtraban por el techo, agujereado por un cañonazo. Era difícil de percibir la procedencia del llanto con el ruido de la lluvia envolviéndolos. Abrieron armarios, gavetas, pero nada… Entonces uno de los marineros volcó la cama, dejando al descubierto la trampilla oculta.
Velerhis fue el primero en bajar, y en ver al pequeño humano, tendido sobre el húmedo suelo, el rostro teñido con la sangre de su propia madre y envuelto en una manta. Solo. “Solo hasta el fin de tus días, pequeño” Pensó el elfo. “Aún no sabe lo que ha ocurrido… ni lo que le espera.”
Entonces su mente recordó una vida dura, en el orfanato de Lunargenta. Observando cada día como los nobles cenaban banquetes y se divertían tirando las sobras a los niños que vivían en la calle, riéndose luego de ellos. Recordaba como los niños ricos jugaban a cazar al huérfano, tirándoles piedras por las calles y persiguiéndolos por toda la ciudad. Y como sus padres, en lugar de reprenderlos argumentaban que “Son juegos de niños. Además… que importa un huérfano o dos.”
Sabía lo que le esperaba a aquel niño. La clase de vida y desprecios que iba a soportar. Y quizás fue eso lo que llevó al capitán del “Furia del Sol” a adoptar a aquel pequeño como grumete de su tripulación.
Intuitivamente siguió caminando, en dirección a los muelles, partirían aquel mismo día. Esperaba que Gauvain no tardase mucho, aunque seguramente aún seguiría en el cementerio, junto a las tumbas de sus padres. Debía dejarle despedirse, después de todo, quizás fuese la última vez que pisaba Southshore.

_______________________________________________________________________________

El viento aullaba frío en aquella tarde. La tormenta había pasado, pero el cielo aún permanecía gris. Gauvain llevaba varias horas en el pequeño cementerio de Southshore, de pie ante las tumbas de sus padres.
“Eric y Lianna Griffonheart. Descansen en Paz.” Rezaba la fría lápida. El pequeño de cabellos castaños había llorado tanto, que pensaba que sus lágrimas ya se habían agotado para siempre. Aún tenía miedo.
El elfo que lo encontró había sido muy amable, pero aún no era capaz de comprender porqué sus padres ya no estaban con él. Porque debía partir lejos con aquel desconocido, por muy bueno que fuese. Tenía tantas preguntas sin respuesta, y estaba tan aturdido y temeroso, que no se dio cuenta de la presencia de la joven, hasta que prácticamente estuvo a su lado.
Tenía el cabello rojo como el fuego, suelto, ondeando al viento que soplaba con fuerza. Su vestido era blanco, adornado en los bordes con franjas verdes como la hierba y margaritas bordadas, del mismo color claro que el vestido.
Irina Greenfield lo miraba a los ojos con timidez. Gauvain le devolvió la mirada y alcanzó a reconocer el brillo de la compasión en sus ojos castaños. Pero no era como la que veía en el resto de los aldeanos. La pequeña que tenía ante él parecía entender el vacío que aferraba su corazón con fuerza. Y seguramente así fuese, pues, hacía poco, los Greenfield habían perdido a una de sus hijas. Sin duda una hermana de aquella joven de cabellos rojos.
Con una sonrisa dulce como la miel, Irina tendió a Gauvain una margarita blanca, como las que llevaba bordadas en el vestido. Él no supo que hacer, ni que decir. Solo observó en silencio la hermosa flor.
La pequeña volvió a sonreír y se acercó lentamente. Enredó la margarita en el pelo castaño de Gauvain y le dio un beso en la frente.
La voz de la señora Greenfield se oyó al otro lado del cementerio, en el pueblo. Irina miró, retirándose inconscientemente los mechones rojos que el viento ponía en su cara. Y sin más palabras, sonrió por última vez antes de echarse a correr de vuelta a casa.
Gauvain permaneció inmóvil, observando como se marchaba, incapaz de articular palabra. Y aún después de que desapareciese de su vista, se quedó observando el lugar por el que se había ido.
El sonido de una caracola lo sacó de su ensimismamiento. Miró una vez más las tumbas de sus padres, una junto a la otra. Y sin decir palabra, marchó en dirección a los muelles. Hacia su nueva vida.

Imagenes.- Diseñada por Nieninkwe, con personajes y paisajes del World Of Warcraft. ¡Gracias!

1 comentario

  1. Nieninkwe Abril 22, 2010 at 4:07 pm

    Es imposible no tener cariño a Gauvain. Con lo bueno que es y con lo que sufre. ¡Aunque me sigo quedando con ganas de saber qué ocurre después!

    No dejes de escribir nunca ni de dar vida a todos esos mundos que tienes dentro de tu mente.
    Para los que tenemos cortadas las alas de los sueños, como yo, es un privilegio descubrirlos a medida que leemos.

escribe un comentario

WordPress.org

Copyright © 2010 egdris.com - Personal Blog Theme by ThemeShift.com