Arena y Sangre
Esta historia la tenía desde hace bastante. Está inspirado, o más bien relata, las aventuras que dirigí como Maestro de Juego de Dragones y Mazmorras para mis amigos. Va especialmente dedicada a Zuk, Odhin y Anathar.
Me he saltado el prologo pero si esta os gusta lo pondré la semana que viene. Espero que os guste.
¡Un abrazo para todos!
Los gritos que se escuchaban tras las pesadas puertas de acero y piedra blanquecina sobrecogían al pequeño gnomo que deambulaba entre los demás gladiadores, quienes esperaban impacientes su turno. Uno afilaba nervioso su hacha, el otro meditaba en silencio, dos discutían entre ellos debido a un ridículo malentendido,…, el ambiente estaba muy cargado, y eso ponía bastante nervioso al pequeño y joven hechicero. Joven para ser gnomo claro.
Sus cabellos castaños caían por los lados de su pálido rostro hasta un poco más abajo de las grandes orejas. Sus patillas y su perilla, muy pobladas, le daban, junto con su característica sonrisa, una pinta de pilluelo muy simpática.
Vestía una camisa violeta y unos pantalones recortados a la altura de las rodillas de color marrón. Una lanza de madera con punta de hierro y una capa, a juego con su camisa, pero de tono un poco más oscuro, cubría su espalda, mientras que sus manos estaban protegidas por unos guantes, a los cuales les había recortado los dedos para mostrar así los suyos propios, enseñando sus afiladas uñas que se asemejaban a unas feroces garras. Sus botas sin embargo eran de lo más curiosas: de cuero negro, estaban apretadas por unas cinco correas del mismo material que recorrían la pierna desde las rodillas hasta los tobillos, apretando con fuerza la bota a su cuerpo; la suela sin embargo, era de un cuero más pesado y duro, de color marrón.
Entonces entró el mensajero, un muchacho de apenas quince años, corriendo con un pergamino entre las manos. Se subió de un salto a una mesa en medio de la gran mazmorra de piedra y grito:
“En primer lugar Therion el Negro, seguido de Gorbak y Louise Jantyr. En tercer lugar Zuk Fisquillo y Sir Thedras…” – el mozo siguió gritando los nombres de los combatientes por orden mientras el primero, un mago humano, avanzaba hacia el portón. Pero el pequeño Zuk ya no prestó atención; se dedicó a buscar con la mirada a su compañero de combate.
-¡Vaya! No esperaba tener compañero, esto pinta ser muy interesante… ¿Quién será?- pensaba en voz alta el hechicero gnomo mientras el pesado sonido de una coraza se plantaba a sus espaldas. Lentamente se giró y miro hacia arriba, intentando encontrar el rostro del imponente caballero que lo observaba serio y enfadado.
-Vaya, un enano canijo y encima mago –farfulló el humano- Se ve que hoy no es mi día de suerte… -sus ojos irradiaban cierto desprecio- Intenta no ser una molestia, ¿de acuerdo?
La mirada de Zuk se endureció en una mueca de enfado. –Disculpa “grandullón de hojalata que no sabe reconocer a un gnomo de un enano” –masticaba sus palabras con cierto placer- para empezar no soy un mago, soy un hechicero; Por si no lo sabes, los hechiceros nacemos con el don de la magia, los magos la estudian. Si eres ese tal Thedras entonces será mejor que me trates con respeto si no quieres ser tú el que salga perjudicado. – sus ojos relampaguearon cuando ambas miradas chocaron. El humano se agacho pesadamente para observar de cerca al hechicero.
-Tienes suerte de que en este coliseo hayan normas y de ser mi compañero de arena – una falsa sonrisa se dibujó en su rostro durante unos segundos, pero pronto se desvaneció ante una mueca de desprecio – sino te rebanaría aquí mismo con mi hacha.
Las palabras de respuesta del gnomo se perdieron entre los fuertes gritos y sollozos del mago que salía en camilla de la arena. Todos los gladiadores se apretaron para observar a los sacerdotes blancos que lo transportaban en una camilla. El desdichado humano había perdido su brazo derecho y sangraba sin parar, agarrándose el hombro con su mano izquierda, intentando inútilmente detener la hemorragia. Junto a la camilla avanzaba una enana de expresión fría que buscaba en un pesado libro alguna receta o conjuro que fuese de utilidad, mientras se dirigían firmemente a la enfermería. Otra enfermera, una pequeña y bella mediana corría detrás cargando el miembro cercenado del mago.
-Ves a lo que me refiero- dijo Thedras observando como se perdían por el pasillo y cerraban de un golpe la puerta de la enfermería. – Mantente a cubierto y no acabaras como él.
El rostro del hechicero palideció, si es que eso era posible, pues su piel era bastante blanca de por si. Silenciosamente se planteaba si habría sido buena idea apuntarse como gladiador. ¿A que debería enfrentarse? Un extraño cosquilleo recorría su espalda mientras se imaginaba a un enorme huargo arrancando de un mordisco su brazo y al guerrero humano riéndose de él a un lado. “¡No!” pensó “¡No le daré esa satisfacción”. De súbito, cogió un taburete y subió con el a la mesa central; lo colocó y se alzó sobre el de pié, en una posición heroica con el brazo en alto y el dedo índice señalando al techo:
-¡Soy Zuk Fisquillo! ¡Soy un héroe y ninguna bestia podrá hacerme retroceder! –gritó con fuerza.
Toda la sala se paró a observarlo, atónitos por la repentina reacción del pequeño muchacho de pelo castaño oscuro. Sin embargo, el silencio se rompió de pronto con las terribles carcajadas de los demás luchadores “¡JAJAJA! ¿Tu un héroe? ¡No me hagas reír renacuajo!” “¡A ver si dices lo mismo cuando los sacerdotes recojan tus pedazos iluso!” Le gritaban mofándose de él.
Enfadado, bajó del taburete y se dirigió a la puerta, pues él y Thedras serían los siguientes en salir. Todos le abrían paso riendo: “¡Adelante señor “héroe!” “¡jajaja!” “¡Intenta no hacerte daño novato!”. Furioso avanzó lanzando miradas de odio a todos y cada uno de los presentes, maldiciendo en voz baja: -os vais a enterar, ¡ya lo veréis!-.
Thedras le esperaba apretando bien su escudo ligero sobre su muñeca. Su armadura era enorme, sin duda le había costado muy cara. Su hacha no era nada del otro mundo: hecha por completo de metal tenía el mango forrado con una especie de terciopelo rojo de muy mala calidad. Sus ojos se volvieron a encontrar una vez más.
-Estas avisado gnomo, haz lo que te he dicho y todo saldrá bien- comentó mientras se colocaba en dirección a la enorme puerta de piedra blanquecina y metal plateado. Zuk sin embargo no respondió, estaba enfrascado en sus pensamientos e hizo caso omiso a las palabras del guerrero.
Las burlas continuaron cada vez más fuertes, hasta que las puertas volvieron a temblar, y esta vez, era un semiorco de más de dos metros quien la cruzaba, portando en brazos a su compañero malherido. Con un terrible rugido consiguió que las risas cesasen. Todos lo observaron silenciosos y atemorizados, pues los huesos y pieles que le servían de vestimenta, al igual que la enorme hacha doble que llevaba colgando de la espalda, conseguían potenciar el aspecto intimidatorio de la enorme criatura. Lentamente avanzó entre la multitud de luchadores, observándolos a todos con dureza, obligándolos a agachar sus cabezas y mirar al suelo avergonzados. Mientras unos médicos acudieron corriendo al encuentro del bárbaro, que les entrego el cuerpo de su amigo, y rápidamente se dirigieron a una de las salas designadas como enfermería.
Los goznes de la puerta resonaron mientras esta se volvía a abrir una vez más para dar paso a los nuevos gladiadores. Los ensordecedores gritos de la multitud que llenaban las gradas del enorme edificio resultaban de lo más intimidatorios. Algunos vitoreaban mientras otros maldecían al humano y al gnomo que acababan de entrar en el terreno de combate.
Se trataba de un coliseo mágico. En esta clase de lugares, las batallas no tenían lugar en la arena, sino que el terreno se transformaba, y podían suceder en él batallas de todo tipo y en cualquier terreno: Selvas, desiertos, bosques,… incluso bajo el agua. Sin embargo, paradójicamente, esta vez era la arena de un desierto la que cubría el terreno como un inmenso mar dorado que se extendía hasta las paredes, interrumpido solo en aquellos lugares donde enormes robas sobresalían como dientes.
-¡Damas y caballeros! Ahora tendrá lugar el enfrentamiento entre: ¡El caballero Thedras, guerrero de las boscosas tierras del oeste! ¡Y Zuk Fisquillo, un joven hechicero de las afiladas montañas de cobre! ¡Contra – se hizo el silencio un momento y el aire pareció temblar mientras las puertas que se alzaban frente a ellos se abrían con parsimonia- Gar’Nazak, el temido ciempiés del desierto!
El terrorífico grito chirriante de la bestia resonó en todo el coliseo mientras ésta aparecía por la entrada norte. Era un gigantesco gusano de unos cien metros de longitud y cinco de diámetro avanzaba veloz hacia ellos. Sus anillos se retorcían mientras se desplazaba con sus afiladas patas que rascaban la arena con furia. La parte delantera de la bestia, lo que se supone que debía ser su rostro, era una enorme boca coronada con miles de pequeños ojos. Una enorme mandíbula se abría a cada lado, como si estuviese partida por la mitad, dejando ver las enormes fauces plagadas de varias hileras de afilados dientes que se movían ansiosos en el interior ambas.
Zuk estaba absorto observando a la criatura cuando Thedras gritó desafiante y corrió al encuentro del monstruo. Un coro de gritos acompañó la carga del humano que avanzaba decidido, con el escudo al frente y el hacha preparada para golpear. Pero el enorme ciempiés era más inteligente de lo que parecía, y sin que el guerrero se percatase, la parte trasera de su largo cuerpo se hundió en la arena y antes de que el gnomo pudiese avisarle, ésta salió de repente bajo los pies de Thedras y lo hizo caer de bruces contra la arena.
“Maldita sea… ¿que puedo hacer?” pensó el hechicero mientras recordaba todos los hechizos que había aprendido a conjurar en los pocos meses que llevaba practicando. Sus manos se movían nerviosamente, hasta que de pronto su rostro se endureció y comenzó a mover los dedos y las manos dibujando formas en el aire a la vez que pronunciaba palabras en el misterioso idioma de los dragones.
Mientras tanto, Thedras se había incorporado y arremetía de nuevo contra la bestia. Si escudo paraba las embestidas de la cola del ciempiés, mientras su hacha intentaba hendirse en éste, pero el fino caparazón que lo protegía no parecía debilitarse. Golpe tras golpe, el guerrero iba buscando un punto débil en la defensa del bicho, hasta que, en un descuido de éste, el guerrero se coló bajo su garganta y asestó un potente corte sobre la piel de la criatura, que se estiró hacia el cielo y chilló de dolor. Su punto débil era su parte baja, ya que las placas de su caparazón eran más flexibles y menos duras por esa zona.
Zuk completó el conjuro y estiró sus manos en dirección a su enemigo, a la vez que de sus dedos salían unos proyectiles brillantes que avanzaban velozmente hasta golpear a Gar’Nazak en la cola, forzándolo a esconderla y evitando así que con ella golpease una vez más a su compañero. “No es suficiente… debo obligarle a exponer su debilidad” Pensó nervioso mientras cogía con fuerza su lanza y avanzaba corriendo al combate, pero el gusano reaccionó. Apoyó su cuerpo en la arena y lanzó su cola con fuerza, golpeando al pequeño, que salió despedido contra una de las rocas.
El guerrero se desplazaba velozmente a un lado y a otro: esquivando, golpeando, buscando el vientre de la criatura, pero ésta se retorcía y cubría, evitando volver a exponerse una vez más al filo del humano, pero Thedras no desistía y continuaba golpeando y parando embestidas con su escudo, esperando que en un descuido, la bestia volviese a dejar su punto flaco al descubierto.
El gnomo se retorció de dolor, pues el golpe le había lastimado el hombro derecho y al intentar abrir los ojos, la arena le escoció y tuvo que cerrarlos con fuerza y llevarse las manos a la cara. “¡Espera! ¡Eso es!”.
-¡Ya lo tengo!- grito con fuerza; colocándose de pie en un salto, y abriendo los ojos inconscientemente- ¡Maldición!- se quejó llevándose las manos a la cara para limpiarse.
-¡Ríndete bestia! Yo soy más fuerte que tu, ¡admítelo!- Gritaba Thedras furioso al enorme ciempiés que chillaba y atacaba con ferocidad, golpeando con su pesado cuerpo, embistiendo con sus enormes fauces para intentar devorar su presa.
-¡Aquí bicho inmundo!- grito una voz aguda a espaldas del guerrero- ¡Enfréntate a mi montón de babas! ¡Hijo de una lombriz!
Thedras se giró para ver que ocurría. “¡Pero que demonios!”, pensó mientras se giraba y observaba al pequeño Zuk gritándole a la gigantesca bestia, la cual parecía haberse enfurecido. Lanzó un veloz ataque que cogió al humano desprevenido y lo lanzó a un lado de la arena con fuerza suficiente para dejarlo sin aire unos segundos, tendido en el suelo.
Zuk seguía provocando a la criatura, que parecía cada vez más enervada y se encaraba al pequeño hechicero. Furiosa lanzó un potente grito contra el pequeño gnomo y lo llenó de pegajosas babas; y casi instantáneamente, se abalanzo contra este para engullirlo de una sola vez.
-Te tengo- susurro Zuk mientras esbozaba una sonrisa y comenzaba de nuevo a hablar en el idioma dracónico y a mover sus manos, peor ésta vez de manera más rápida, pues el tiempo no estaba a su favor. En un instante consiguió completar el conjuro con éxito, dirigió sus manos al suelo y miró a Gar’Nazak a sus cientos de ojos y dibujó de nuevo esa sonrisa pícara, que se reflejó en todos y cada uno de ellos. ¡De seguro, la bestia hubiese enrojecido de cólera de haber podido! Pero, con un rápido movimiento del hechicero, que alzó sus manos en dirección al rostro de la criatura, la arena a su alrededor ascendió, movida por la mente del gnomo, y fue directa a los ojos del ciempiés.
El chillido de dolor de la criatura fue tan fuerte, que el coliseo entero pareció temblar. Ésta se alzó hacia el cielo y se agitó a un lado y a otro ferozmente, intentando deshacerse de la arena de sus ojos, pero resultaba poco eficaz. Fue entonces cuando Thedras, que se había incorporado, corrió furiosamente contra la criatura y de un salto hendió el filo de su hacha en el vientre del gigantesco ciempiés, desgarrándolo de un solo tajo mortal.
Gar’Nazak se retorció una y otra vez, chillando de dolor mientras perdía sus fuerzas y sus movimientos se hacían más débiles y lentos, hasta que por fin, pareció detenerse en una posición vertical y dejó caer todo su peso sobre la arena del coliseo, tiñéndola de un rojo oscuro.
Zuk temblaba y respiraba con fuerza, incapaz de dar un paso o apartar la vista de la enorme criatura que tenía ante él. Thedras se incorporó y con un ademán despreocupado limpió la sangre de su hacha con un pañuelo rojo que llevaba atado a la cintura.
El público había enmudecido de asombro. Aquel pequeño hombrecillo había arriesgado su vida para distraer a la bestia y golpearla con fuerza para dar al guerrero una oportunidad única de acabar con el combate.
El silencio acompañó a ambos en su amino de vuelta a las mazmorras del edificio, y solo el chirriar de los goznes consiguió romperlo.
No hubieron felicitaciones ni palabras de ánimo, ni tan si quiera una mirada entre los dos combatientes. Simplemente anduvieron lentamente hasta salir de la arena. Y fue entonces, justo antes de cruzar el umbral, cuando la multitud estalló en gritos y aplausos mientras tiraban a la arena todo tipo de cosas: flores, comida,… .Los dos se giraron y observaron el revuelo que habían causado, y sonriendo, hicieron una reverencia al mismo tiempo y entraron en la sala de espera.
Las puertas se cerraron a sus espaldas, pero la multitud seguía vitoreándolos, gritando sus nombres: “¡Bravo Zuk!” “¡Héroes!” “¡Así se lucha Thedras!” “¡Que vuelvan a salir!”
Los demás gladiadores guardaban silencio, mientras el gnomo se llevaba las manos a la cintura y mirándolos por encima del hombro, sonrió con placer, observando como sus bromas y risas se habían borrado por completo, y todos contemplaban atónitos a los dos campeones que acababan de entrar.
Tampoco hubieron palabras para ellos, solo aplausos y palabras de animo y felicitaciones. Ambos caminaron con la cabeza bien alta en dirección a la enfermería para reponerse de los golpes y heridas. “Este es el comienzo de una larga historia” pensó Zuk, inconsciente de la verdad de sus palabras. Aunque en aquel momento por su mente pasaban ideas de batallas en coliseos mágicos y una fama y riqueza inigualables, no imaginaba la realidad que le esperaba en el enorme mundo que se extendía mas allá de las altas murallas de la brillante aunque peligrosa ciudad de Sol’Amensis.
Imagen.- Obtenida de: “http://jovenchar.files.wordpress.com/2008/09/jean-leon_gerome_pollice_verso.jpg”

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