El Nacimiento de Ede
La noche transcurría lentamente. Egdris dormía en su habitación mientras sostenía en la mano la nota de su amigo Zuk, aprovechando las pocas horas que faltaban para su llegada. Rawen el halcón descansaba en una rama que Egdris solía usar como perchero, y todo lo demás parecía en orden. Sin embargo, un extraño aroma inundó la estancia, e hizo que Egdris se despertase de su sueño. ¿Qué era aquel olor? ¿De donde venía? Algo pasaba en el bosque. ¡Tenía que averiguar que era!
Rápidamente se levanto de su cama y se preparó para salir. Sus protecciones de cuero, su capa de hojas, su pasamontañas verde y, como no, sus espadas, arco y carcaj. Había algo en el viento que lo había alertado, un aroma que le resultaba conocido, pero algo peculiar. Le recordaba a Lisenac, pero este era muy diferente a su esencia de flor silvestre; era mas bien olor a humedad, pero también a vida.
Salió corriendo de su habitación y de varios saltos trepó de rama en rama hasta alcanzar las extremidades más altas del sauce que era su hogar, en medio de un lago. Pero sin embargo no pudo ver nada desde esas alturas. Bajó lo más rápido que pudo y corrió hasta el borde de la isla donde nacía el sauce, un trecho antes de que las ramas de este abrazasen el agua como una fina cortina de hojas impidiéndole ver más allá con claridad. De su mochila sacó un pequeño instrumento similar a una flauta travesera y soplando por su extremo hizo que una suave melodía inundase el ambiente. Los sonidos que entonaba eran dulces, tiernos, con un aroma de primavera que hacía que el sauce moviese sus ramas al son de música, que el agua vibrase lentamente y el viento danzase a su alrededor, acariciando sus largos cabellos negros con suavidad. Sin dejar de tocar aquella delicada melodía Egdris avanzó con paso firme por el agua, que parecía sostenerlo para que no se hundiese, mientras el viento hacía su paso más ligero y el sauce apartaba sus ramas para dejarle pasar. Poco a poco, lentamente y sin dejar de tocar, Egdris llegó a la orilla Este del lago, se giró acabando su canción y con una reverencia agradeció la amabilidad de su tierra. El viento volvió a soplar con normalidad, el agua se detuvo lentamente y el sauce volvió a cerrarse con cuidado.
Una vez allí el aroma se había vuelto mucho más intenso, tanto que incluso las hadas que vivían en los juncos salieron curiosas a ver si conseguían enterarse de que ocurría. “Son unas cotillas” rió Egdris para si mismo observando como se alborotaban, volando en círculos a su alrededor, esperando que el les explicase que pasaba.
-No se nada aún, pero iré a averiguar que ocurre, no os preocupéis, aquí no os pasará nada. – Y con una dulce sonrisa despidió a las hadas que volvían a juguetear entre ellas. Sus pies avanzaron veloces por la espesura del bosque; Saltando raíces y esquivando ramas consiguió avanzar velozmente hasta el origen de aquel olor.
Sus ojos se abrieron como platos cuando observó atónito de que se trataba. El pequeño valle de los helechos, que los drow habían quemado en la guerra contra las dríadas, muchos siglos antes de que Egdris llegase a Eriand, parecía haber renacido. Los helechos plagaban aquel terreno, verdes, húmedos y brillantes por la claridad de la luna llena, se apoderaron de cada rincón. El antiguo templo de la diosa Dríade, o más bien lo que quedaba de él, estaba recubierto de los mayores helechos que Egdris había visto jamás, más grandes incluso que Ared. “¡Es imposible!” pensaba mientras caminaba boquiabierto entre aquel hermoso lugar. Las hojas, llenas de diminutas gotas brillaban con un tono verde muy vivo, y perladas del blanco del reflejo de la luna en el agua. Pero hubo algo que llamó la atención de Egdris más que nada. Frente la antigua estatua de la Diosa, crecía un pequeño árbol, de madera blanca como la nieve en invierno, de hojas verdes, exactamente iguales a las de un helecho, y de flores como rosas azules que desprendían aquel dulce aroma.
-¡Puedes acercarte Ared! –gritó el elfo, mientras observaba y acariciaba las ramas del árbol. – ¿A que es increíble?
Del interior del bosque apareció un enorme caballo blanco. Su reluciente pelaje brillaba con la luz de la luna, y el cuerno que adornaba la frente lo hacía aún más hermoso. Meneando su enrome crin y su larga cola saludó a egdris y se acercó cauteloso, observando los gigantes helechos con cierto temor. Cuando estuvo junto al elfo, relinchó satisfecho y dio un lametón su amigo, quitándole el pasamontañas y llenando su rostro de babas.
-Si, sii, yo también me alegro de verte amigo, ¿que te parece? Es la primera vez que veo algo así, ¿Qué puede ser? –El unicornio negó con la cabeza y olisqueo el pequeño árbol.
-¿Te gusta? ¿Huele bien verdad? Seguro que pronto habrá mucha concurrencia por aquí, ¿crees que podrás vigilar que nadie lo toque mientras llamo a Rawen? Zuk debe de estar al llegar, debo avisarle de que llegaré tarde o se pondrá hecho una furia, ya lo conoces jejeje – rió Egdris al recordar los enfados de su amigo cuando alguien era impuntual, aunque luego él siempre llegase tarde.
El unicornio negó con la cabeza, y se acercó más al árbol. Egdris estaba ensimismado acariciando las hojas y el tronco de aquella extraña planta, y casi no se percató de lo que hacía Ared hasta que este no lo tocó con el movimiento de su cabeza.
Con pequeñas caricias de su cuerno, el animal jugueteaba con las raíces y el tronco del árbol, y de este parecían proceder una débiles carcajadas que se oían muy levemente. Egdris sonrió, pero entonces se percató de que Ared lloraba. Sus brillantes y plateadas lágrimas resbalaban por su hocico y caían por el tronco, ¡y este parecía absorberlas poco a poco! Entonces la madera comenzó a brillar y las hojas cambiaron de azul a verde, muy lentamente, de verde a rojo, de rojo a amarillo, y de amarillo a blanco.
Una luz brilló desde el interior de la madera y encendió todo el valle. Los helechos parecían cantar a la vez que encendía sus hojas, reflejando una luz verde en dirección al extraño árbol. De este, una voz femenina parecía entonar una canción muy dulce, lenta, calmada, ¡pero a la vez alegre y feliz! Parecía que él árbol estaba tan contento ¡que no podía esperar más y quería crecer sin parar! Y así fue. En cuestión de minutos el árbol alcanzó la altura de la gran estatua de la Diosa Dríade y sus ramas se expandieron abrazando todo el valle.
Bajo aquella enorme cúpula de ramas y flores, Egdris era incapaz de cerrar su boca, pues no podía creer lo que estaba viendo… ¿Qué era todo aquello? ¿porqué de repente tanta hermosura en un valle oscuro y negro al que ningún ser quería acercarse nunca?
Una rosa cayó de lo alto de la cúpula y Egdris la recogió en el aire antes de que tocase el suelo. Blanca como la luna en aquella noche sin nubes, la flor estaba caliente, emanaba vida, y Egdris pensó que debía plantarla antes de que se marchitase. Y así hizo, junto al gran árbol que acababa de crecer plantó aquella hermosa rosa, y después de hacerlo, su corazón se sintió aliviado y realmente feliz. Incluso le pareció oír en un susurro, como aquella preciosa voz que había cantado le daba las gracias. Fue entonces cuando Ared lo acarició con su hocico, sonriendo, y con pesados movimientos le recordó que le esperaban.
El elfo no quería marcharse de allí, pero si no lo hacía su amigo se enfadaría mucho y no podría volver a verlo en varios meses, pues su expedición a las montañas empezaba al día siguiente.
-En cuanto pueda volveré Ared, lo prometo- El caballo asintió y Egdris corrió veloz hacia la salida de aquel enorme lugar, justo donde las ramas habían dejado un pequeño espacio a modo de puerta para entrar y salir que, curiosamente, era el lugar en el que Egdris había entrado esa noche. Echando una mirada al hermoso valle, y cerrando los ojos mientras aspiraba el dulce aroma, hizo señas con el brazo para despedir a su amigo, y una vez más creyó oír como el valle se dirigía a el, despidiéndose y pidiéndole que volviese pronto.
Imagenes.- Obtenida de ” http://farm3.static.flickr.com/2126/2421405251_de53be2d26.jpg?v=0 “

5 comentarios
Es preciosoo!! Muy dulce y tierno ^^. Parece realmente que estes ahi oliendolo y viendolo todo!.
El nombre del unicornio me encanta! Es muy carismatico que lo sepas
.
Sigue escribiendo igual de bien! Un besazo! ;*
Es una historia escrita desde el corazón, nacida con naturalidad y mucho cariño y eso se nota, es lo que transmite.
Siempre me ha encantado
^^besitos hermanito
Felicidades por la decisión de ponerlo en la web, me ha encantado poder leerlo aquí. Todo el ánimo del mundo y el apoyo.
Un abrazo
k decirte,me encanta todo lo k escribes ,lo k sueñas y sientes,eres un creador de sueños ,no cambies nunca ,no dejes nunca de escribir ,un abrazo y un beos un te quiero y asta pronto
Realmente fue un rato solaz para el espìritu. No sè dònde te encuentres, pero esta historia y muchas màs hacen falta para que los niños y las juventudes tengan otros valores, el valor de la imaginaciòn en sentido positivo que hace la creaciòn de otros mundos mejores; quizà llenos de ficciòn pero que no acaso todo es ficticio en esta vida. Gracias y felicidades.